: - El silencio implica omisión. Si usted no es capaz de
decirme todo lo que sabe sobre lo ocurrido, me temo que será imputado en la
causa. Las pruebas realizadas indican con mucha claridad que estuvo en la
escena del crimen.
“El silencio implica omisión”, le daba vueltas esa frase en
la cabeza, una y otra vez, sabía que debía decir la verdad, el problema era que
esa verdad lastimaría mucho a su amada. – Es hora de confesarlo – Se dijo a sí
mismo, y sin volver hacia atrás caminó desde su casa hasta donde vivía aquel
hombre, aquel oscuro y siniestro hombre. Pensaba que tenía que hacer bien las
cosas, con cautela y de forma ordenada.
Al llegar, tocó el timbre y sintió escalofríos, sintió cómo
la sangre se le helaba de sólo imaginar lo que en realidad estaba sucediendo;
temía por su propia vida, pero más le preocupaba perder la confianza y lealtad
de Lucía, su bella mujer que siempre estuvo junto a él. No le importaba morir,
en tanto ella supiera que la amó, que sus errores jamás tuvieron la intención
de herirla, de decepcionarla. Siente alivio, de pronto, tal vez pueda dejarle
una carta, un simple escrito dejándole en claro el amor y respeto que le ha
tenido todos estos años. Finalmente, el hombre le abrió la puerta y lo dejó
pasar.
: - ¿A qué venís, mi buen amigo? ¿Acaso no te quedó claro lo
que hablamos? Bueno, dale, decime rápido a qué viniste porque no tengo tiempo,
planeo un viaje y quiero irme lo antes posible.
Respiró hondo, sintió cómo su vida se iba apagando
lentamente y ya nada tenía sentido, su corazón latía tan fuerte que se le
saldría en cualquier momento. – Necesito que me cuentes toda la verdad – pudo
decir al fin; la voz le temblaba. – Necesito, por favor, que confieses todo,
que me lo confieses a mí, ya no tenés nada que perder... Tu mujer ya no está.
¿Cómo es eso de que te vas de viaje? ¿No te parece suficientemente doloroso lo
que ocurrió? Lucía está muy triste, extraña a su amiga, y yo no puedo verla
así, ni mucho menos quiero agregarle otro disgusto, sé muy bien la clase de
persona que eras y que siempre fuiste con tu mujer, me siento un cobarde hijo
de puta por no haberla defendido de vos. Ahora es demasiado tarde. Confesá, “mi
buen amigo” – dijo con un tono irónico y ya no le temblaba la voz.
: - Me parece que estás confundiendo las cosas, mi mujer no
está más y yo estoy muy dolido. Venís a culparme, a tratarme mal como si yo
tuviera algo que ver con su muerte. Ella estaba enferma, muy enferma, y lo
sabés. Me quiero ir de viaje porque prefiero estar lejos de este lugar.
:- Querés escaparte – murmuró por lo bajo.
:- ¿Escaparme? ¿Por qué? Yo no hice nada, Diego. No hice
nada, ¿podés entenderlo? Estoy completamente solo, mi vida ya no tiene sentido
acá, por eso es que me voy.
:- Mirá, yo sé muy bien que ella sufría, que vos la
maltratabas aún estando enferma, ya no quiero cubrirte más. Me cansé de tus
mentiras, de tu cobardía, ahora resulta que yo soy cómplice, por no haber
intervenido. Me siento la peor basura, pero si al menos puedo mandarte en cana
y que te pudras en la cárcel voy a sentirme mejor. Siempre te quise como a un
hermano, pero esto es irremediable, es terrible lo que hiciste.
: - ¿Vos estás insinuando que, porque yo no tratara bien a
Mariana, podría matarla? ¿Estás diciéndome asesino? El hijo de puta sos vos
acá, decís que me querés como a un hermano, pero te atrevés a llamarme asesino,
y, ¡De mi propia esposa!
Empezó a dudar, su discurso sonaba tan creíble... Y claro
que el hecho de que fuera un tipo que trataba mal a su mujer, no significaba
que la hubiera asesinado, (pensó). Pero él era más que un tipo que trataba mal
a su esposa, como si fuera poco, también era alcohólico y tenía muchas amantes,
se acostaba con cualquier mujer y le había causado muchas enfermedades y
trastornos mentales a Mariana. Ella era tan dulce y tranquila, no había
estudiado algo a nivel universitario, sólo terminó el secundario y entró a
trabajar en una marca de ropa, en la parte de fábrica. Era trabajadora,
responsable, cumplía firmemente con todo. Lo cierto es que su sueldo no bastaba
para mantenerse sola, y por eso jamás se separó de Pablo. Ella se había
enamorado desde un comienzo. Nunca lo abandonó.
Mientras se le cruzaban todos estos pensamientos, Pablo lo
miraba fijamente, amenazante y con cierto temor a la vez, muy visible en sus
ojos.
: - Mirá, Pablo, nunca quise meterme en tu relación, nunca
le conté a Lucía las cosas que le hacías a Mariana para que no se preocupara.
Tu mujer nunca fue capaz de contárselas tampoco, sólo a mí una vez me lo
confesó al borde del llanto – agregó, sintiéndose muy arrepentido de no haber
hecho nada en ese momento – y yo traté de calmarla y de decirle que vos la amabas mucho y que ya
cambiarías. Una mierda soy, le hice creer cosas imposibles y no la protegí de
vos.
Pablo iba tornándose cada vez más violento, ahí comenzaba a
notarse que su discurso no era tan creíble... Algo ocultaba, su viaje era más
bien una huída, y finalmente, era un alcohólico agresivo, estaba más que claro
que había tenido algo que ver en la muerte de su esposa. Sus nervios eran cada
vez más notorios, y luego de unos minutos sólo pudo decir: - Andate, Diego,
andate por favor, no me hagas poner violento porque no quiero hacerte daño.
Rajá de acá, dejame en paz.
Diego no pensaba irse, pero al verlo así, empezó a caminar
hacia la puerta y alcanzó a decirle : - No me voy a callar, ahora mismo voy
para el juzgado, se acabó. Ni pienses que te seguiría defendiendo, me cansé de
tenerte miedo. Chau.
Pablo corrió para frenarlo... no pudo. Entonces se apuró a
terminar con las valijas e irse lo más lejos posible.
Diego se dirigía a confesarlo todo, el miedo ya no era parte
de él. No lo sentía ni se acordaba de cómo era sentirlo. Caminaba rápido y casi
sin mirar bien los semáforos, sólo quería llegar.
De pronto, recordó. Pudo recordar lo que había ocurrido esa
noche, esa noche en la que Mariana murió. Él había ido a ver a su amigo, pero
se encontró con una escena espantosa: Pablo tirado en el piso gritando,
totalmente alcoholizado, y su mujer suplicándole que ya no la engañara más, que
sabía todo y que lo iba a dejar. La puerta de su casa estaba abierta de par en
par, y a la entrada había botellas de vidrio rotas y todo el líquido
desparramado. Pablo al verlo a su amigo adentrarse a su casa, lo echó, le gritó
groserías y le dijo que no invadiera su privacidad con su mujer, ella lo
sostenía en el piso y lloraba desconsoladamente suplicando que terminara con
toda esa doble vida que él llevaba. También le suplicó a Diego que se fuera,
pero no hizo caso y se acercó agachándose para estar a la altura, ya que se
encontraban tirados en el suelo. La reacción de su amigo fue atinar a pegarle
una patada, y ésta fue directo a su cabeza, cayéndose y quedando totalmente
inconciente.
Había despertado en el hospital con Lucía a su lado, que
sonrió a pesar de sus lágrimas, al verlo abrir los ojos. Ella sólo sabía que su
amiga estaba muerta, no tenía ni idea de lo ocurrido aquella noche, y apenas
pudo saber que su esposo había “tenido un accidente”. Él no recordaba nada, por
lo que, se quedó con esa versión.
Entonces al haber recordado todo eso, pudo confirmar lo que
hasta ahora sólo era una sospecha: él la mató.
Finalmente llegó al juzgado con la lengua afuera cual perro jadeando,
pidió hablar con el juez rápidamente, pero justo se había retirado antes y era
viernes, no volvería hasta el lunes. Diego sabía que esto significaba que ya no
tenía tiempo, que Pablo se saldría con la suya, huiría. Y entonces, sintiéndose
muy débil, decidió ir a hablar con su mujer, quién lo comprendería y lo
ayudaría.
Al entrar en su casa, percibió un extraño silencio, parecía
ser que Lucía no estaba. Se fijó en cada parte de la casa (porque era muy
grande), pero confirmó que ella no estaba allí. Le resultó muy raro, ya que,
ella los viernes estaba todo el día en su casa, porque no trabajaba. Pensó que
tal vez habría ido a hacer compras, y entonces se acostó un rato, se sentía
cansado y muy angustiado.
Habían pasado ya dos horas, Diego seguía durmiendo. De
pronto, llegó Mariana en compañía de alguien. Diego se despertó. Escuchó
murmullos, ella estaba con un hombre. Entonces decidió hacerse el dormido para
poder escucharlos y saber quién era y qué estaba haciendo con su mujer en su
casa.
Hablaban de horarios, de pasajes de tren y de plata, muy
sigilosos, como si supieran que él estaba ahí, o como si realmente estuvieran
hablando de algo tremendamente secreto. Pasó una hora, y Diego se quedó dormido
en serio, nuevamente. Tal vez del susto, tal vez inconcientemente no quería
enterarse de lo que su mujer estaría haciendo, o simplemente estaba muy
cansado.
Las horas pasaban, abajo tenues murmullos provenientes de
los dos que algo planeaban, y arriba Diego seguía durmiendo. Entonces, Mariana
comenzó a subir las escaleras, la voz del hombre murmuró un “te espero afuera”.
Diego despertó otra vez, oyendo esa frase. Cerró los ojos e imaginó que había
un mal entendido y que estaría con su mujer en breve cuando llegara a la
habitación.
Mariana entró, pasó media hora hasta que volvió a salir; su
esposo no volvió a despertar.
Evelyn Lais Cantore.