Había olvidado el sabor
amargo de aquel té, ese sabor tan parecido al disgusto, a la desgracia y la
tragedia, así, como cuando el desamor te rompe el corazón y atraviesa tu alma
cual puñal lo suficientemente filoso, duele... Duele como si cada una de las
partes del alma se partieran y cayeran por todos lados, como si se deshicieran
alma y corazón a la vez; no existen más. Terminó de beberlo, apenas quedaba un poco en el fondo de la taza; decidió que ya debía marcharse. Supo que ese dolor sería perpetuo, que todo le recordaría aquel sentir y que en la oscuridad de sus pensamientos permanecería esa herida sin cerrar. Su mente sombría no quiso reaccionar, continuó creyendo que mejor que olvidar era intentar sobrevivir así; así, con aquella pena en su alma.
¿Qué podría hacer si los recuerdos lo torturaban?
¿Qué hace uno cuando la angustia gobierna su ser?
¿Será tan fácil dejar atrás lo que alguna vez nos lastimó? ¿O será lo que condicione cada decisión que tengamos que tomar en el futuro?
Sintió que su vida era un callejón sin salida; no volvió a beber aquel té.
Evelyn Lais Cantore.