Nada quedaba en su pensamiento, nada que le recordara el hermoso rostro de su amada, ni siquiera un recuerdo en su mente... ya todo estaba perdido. Triste, se dirigió hacia sus aposentos, donde yacía su valija preparada; estaba listo para emprender ese largo viaje que lo haría respirar otro aire.
Nada recordaba, porque su mente se había bloqueado, al haber visto el rostro de esa bella mujer pálido y ya sin vida, todo parecía quedar en una cápsula de tiempo. Una cápsula que encerraba momentos felices de su vida juntos.
No quería recordar, se negaba. Dio un último vistazo desde la puerta, la cerró y se fue.
Tiempo después comenzó a recordar, se preguntó una y otra vez por qué su mujer había preferido a ese hombre, luego entendió que había cometido un grave error. Ya no había salida, ella no estaba a su lado ni al lado de otro, ni lo estaría jamás, recordó; recordó una y otra vez esos momentos junto a ella y supo que en sus últimos años no le había dado mucha atención, su amante era su trabajo y su amada se había ido con ese esbelto hombre, escritor, un señor realmente interesante que hacía feliz a su mujer. Por las noches, al encontrarse, ella estaba siempre feliz, él lo sospechaba, había otro hombre.
Los recuerdos lo abrumaron, lo llenaron de angustia y odio, de tristeza, de añoranza y desilusión. Volvió a pensarlo, entendió; sí, había cometido el peor error de su vida.
Su mujer ya no estaba, ese otro hombre quedó enfermo de la tristeza, y él era un pobre viudo que le había quitado la felicidad a dos personas. No esperó más y supo que era su fin.
Evelyn Cantore
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